Un campo semántico es un conjunto de palabras o elementos significantes con significados relacionados, debido a que comparten un núcleo de significación o rasgo semántico (sema) común y se diferencian por otra serie de rasgos semánticos distinguidores.

Un campo semántico estaría constituido por un grupo de palabras están relacionadas por su significado, que comparte ciertas características comunes o referenciales. En este caso el campo semántico al que me refiero es al temático estudiado para este ensayo, en la Literatura infantil. Por ello, definire lo que entiendo como literatura infantil (como una defensa), la percepción de la escuela ante el rotulo de Literatura infantil (como una critica) y por ultimo presentare algunos postulados teóricos, bajo los aportes de Juan Cervera, Jaime Garcia Padrino, Graciela Perriconi, Gianni Rodari y Bruno Bettelheim.

Literatura infantil

Todos creemos tener una clara idea sobre la literatura infantil, porque creemos tenerla de la literatura en general, aun cuando sepamos poco sobre la expresividad del mundo infantil. Por lo pronto, ‘infantil’ no quiere referirse únicamente a una función de adorno. Se trata de una sólida unidad semántica: literatura infantil alude no sólo a la gente para la que va destinada la lectura, sino quiere localizarse en el contenido que va dirigido a los niños. Mira más a ‘literatura’ que a los lectores. Pero la mira (o, por lo menos, debe mirarla) con los ojos, desde los ojos de los niños. Si de ellos no sabemos mucho, si ignoramos sus urgencias, sus gustos e intereses y curiosidades, el adjetivo ‘infantil’ no dice nada fundamental. Por eso, un libro para lectura infantil de hace 30 años puede no sernos útil hoy; y por eso mismo contamos todavía con clásicos al respecto.

Juan Cervera propone una definición amplia, integradora y global de literatura infantil, y que no niega la naturaleza general de la literatura. Para él, la literatura infantil es aquella en que "se integran todas las manifestaciones y actividades que tienen como base la palabra con finalidad artística o lúdica que interesan al niño". Esta definición incorpora lo que la tradición oral ha aportado en el transcurso del tiempo y enfatiza dos elementos fundamentales: el niño y la palabra. Las obras deben interesarle al niño y llenar sus expectativas; los autores requieren y aprovechan al máximo las posibilidades expresivas que el lenguaje le ofrece.

Cuanto más se quiere precisar la definición de literatura infantil, más espacios de discusión se propician. De ahí que la definición de Cervera posee la dinámica y plasticidad necesarias para incorporar los nuevos aportes que surjan con el tiempo y la especificidad suficiente para deslindarla de manifestaciones artísticas dedicadas al niño, como las ilustraciones que pertenecen a las artes plásticas.

Existen otras definiciones como la de Graciela Perriconi, para quien la literatura infantil es un acto comunicativo entre un receptor niño y un emisor adulto que tiene como objetivo sensibilizar al niño por medio de la capacidad creadora y lúdica del lenguaje. Esta definición aunque aparentemente parece muy completa y precisa porque presenta el acto literario como un proceso comunicativo y considera la función estética y social de la literatura.

¿Por qué recurre la escuela a la literatura infantil?

Para que el alumno encuentre modos de proyectarse en el ambiente. La literatura (suele decirse) tiene una grata misión formadora. Luego de analizar y discutir qué motivaciones y qué intereses originan las selecciones infantiles, nos debe preocupar qué necesita formar la literatura en el ánimo de los niños, y qué aspectos debemos tomar en cuenta.

Jaime García Padrino considera que el niño debe leer y formarse con la literatura, en términos más amplios y no solo con la literatura infantil. Cree que el niño puede encontrar en la literatura mayores posibilidades de creación y recreación que en la literatura infantil propiamente dicha, la cual de alguna manera presenta un universo más definido. El concepto de literatura infantil responde a las restricciones que implican unos receptores muy específicos. Por ello la literatura en general presenta un espacio más rico en posibilidades y conviene poner al niño en relación con ella para que disfrute de la amplia gama de valores que mantiene y renueva constantemente con el tiempo.

¿Lo hace la escuela?

Basta revisar el elenco de textos recomendados por el colegio para comprender la orfandad de lectura que caracteriza a nuestra población infantil, y para afirmar que no responden a las experiencias y a los intereses lingüísticos del alumno. Y ya sabemos lo que ocurre: si una lectura no cubre tales aspectos se convierte en un repertorio de dificultades. Porque leer no significa lograr que el niño repita mecánicamente, en alta voz o en silencio, las sílabas ni combine los grupos melódicos encerrados en el texto.

Una lectura reproductiva no es únicamente la experiencia pedagógica de la lectura infantil. Si el niño no enriquece su visión del mundo y no descubre con la lectura su mundo interior; si no recrea, con ello, su experiencia de lenguaje, no podemos hablar de aprovechamiento alguno.

La literatura se roza con la imaginación y con el buen gusto, que el niño debe aprender mediante adecuados estímulos. Y ese buen gusto no está reducido al sabor que pueda inspirarle una fruta deleitosa sino a las reacciones de alegría o estupor que puedan sugerirle textos específicos, o a la alegría o disgusto que pueda despertar en él una melodía o una pintura.

El niño debe educarse en ese mundo merced a adecuados estímulos. Un texto romántico puede verse acompañado por fragmentos musicales y cuadros de la época, de modo que le aseguren al niño la existencia de un mundo representado en el campo de las artes. Debo agregar que si el medio en que vive el niño no se presta para vincularlo con el conocimiento histórico, siempre lo tendrá de manera desatendida en lo concerniente a la revelación estética encomendada silenciosamente a la lectura.

A modo de crítica

Uno de los principales problemas que se presentan en el análisis literario es enfrentar una serie de elementos clasificadores que previamente se han instaurado por una crítica que enfoca las obras desde ángulos muy restringidos. Hay obras que son catalogadas de diversos modos y ello lleva a ubicarlas en ciertos espacios o géneros, lo cual funciona como un mecanismo que bloquea las diferentes posibilidades interpretativas que puede suscitar, cada vez que niega la naturaleza polisémica y dialógica del lenguaje.

Denominaciones como literatura popular, policial, picaresca, fantástica, realista, etc., responden al predominio de algunos elementos discursivos y a la preceptiva establecida en determinado momento, pero ninguna revela la obra en su integridad. Si se profundiza en las obras, se hacen evidentes las limitaciones que encierra toda clasificación, sobre todo porque restringen el campo de percepción y producen una imagen, aunque no equivocada, sí parcial.

En el caso de la literatura infantil o juvenil su clasificación ha sido fundamentalmente elaborada considerando la población a la que va dirigida, rasgo que determina la orientación crítica que se ha hecho de ella. Por eso al analizar las obras literarias infantiles el crítico no debe olvidarse que se está enfrentando ante todo a la literatura. Libros como Alicia en el país de las maravillas, Viajes de Gulliver, Huckleberry Finn, Mary Popins, Robinson Crusoe, Las aventuras de Tom Sawyer, El principito, Marcelino, pan y vino, etc. históricamente han sido leídos poniendo énfasis en su carácter de literatura infantil, fantástica, de aventuras, de orientación religiosa, etc., no obstante, por su naturaleza literaria, artística e ideológica, permiten ser interpretados de diversas maneras y con ello trascender la lectura estática que se produce a raíz de una cierta clasificación. Bien señala José Antonio del Cañizo que las clasificaciones limitan el sentido de las obras al afirmar que "todo reduccionismo es malo, es castrante, hasta el de las cosas más nobles".

Además de este problema inicial, hay un asunto que requiere mayor análisis: la definición de literatura. Aunque se tenga la ilusión de que permanece invariable, esta ha sido objeto de discusión y entendida de diversas maneras en momentos históricos dados y por distintas escuelas, como bien señalan Fokkema e Ibsch: "Ciertamente, la literatura no es un concepto estático sino algo que hay que determinar en sus aspectos sincrónicos y diacrónicos".

¿Cómo es posible que si el concepto de literatura es dinámico y ha sido objeto de revisión constante, se establezcan clasificaciones que no tomen en cuenta dicha dinámica? ¿Qué sentido tienen entonces dichas clasificaciones?

Al abordar las obras asumidas previamente como literatura infantil se mantienen los mismos problemas que se derivan de este afán clasificador, pues esta denominación supone implícitamente la existencia de una literatura diferente a la literatura general, que además parece que está reservada o dirigida solamente a los adultos. La relación y límites entre la literatura y la literatura infantil ha sido enfocada, con mucha propiedad, por diferentes críticos como Román López Tamés, Teresa Colomer, Jaime García Padrino, Antonio Moreno Verdulla, quienes, a pesar de los distintos argumentos que esgrimen sobre el tema, coinciden en que esta literatura debe ser evaluada, valorada y producida desde su pertenencia a la literatura general. Al no existir una oposición entre una y otra, pero sí poseer la literatura infantil rasgos específicos, es conveniente establecer un campo de relaciones en el que más que excluirse se complementen.

Desde el punto de vista de una literatura general, parece lógico borrar todo tipo de clasificaciones o subdivisiones, porque el trabajo con el lenguaje y la creación de distintos artificios retóricos es inherente a toda obra literaria. Pero, desde la perspectiva del lector, bibliotecario, maestro, crítico, se hace necesario un acercamiento específico a esta. Es entonces cuando el adjetivo infantil adquiere validez y se constituye en un reto para quien se proponga develar los elementos discursivos que lo conforman.

Perfil y Objetivos de la Crítica

La literatura infantil ha sido enfocada desde áreas muy concretas que la minimizan o separan demasiado de su naturaleza. Muy pocos críticos se han ocupado de analizarla con los parámetros que como literatura requiere. Se ha llegado a relacionarla con disciplinas como la psicología, la pedagogía, la antropología, la sociología, etc., lo que conlleva el riesgo de asumirla como instrumento. Lo anterior no pretende desautorizar los múltiples análisis que se han hecho desde estas disciplinas, pues en realidad toda obra requiere ser interpretada desde una perspectiva interdisciplinaria, solo que el énfasis debe ponerse en su especificidad literaria.

Algunas investigaciones que se han realizado en los últimos años sobre la literatura infantil se inclinan por la valoración del niño como elemento definitorio de la semiosis textual, ya sea como receptor o como personaje.

La realización de una crítica literaria que no abandona los parámetros de la literatura general pero que al mismo tiempo ahonda en las particularidades discursivas referidas a la niñez responde a una valoración auténtica del niño y a su concepción como un sujeto complejo, capaz de gozar y de transmitir sus emociones, en fin, libre de toda marginación. La literatura infantil y la crítica que por muchos años se hizo de ella han sido una consecuencia lógica de esa marginación. Han tenido que pasar muchos siglos para que el niño adquiera una categoría que lo considera independiente.

Universidad del Tolima

Lengua Castellana IX semestre

Pedagogía de la Literatura Infantil

Presentado por: Freddy Pineda Rodríguez